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Vans Book Club: Get In The Van de Henry Rollins

Estamos inaugurando sección, el Vans Book Club, donde regularmente el crew de este blog, así como gente invitada nos estará hablando de libros chingones que tengan que ver con todo lo que ponemos en este blog.

En esta primera edición, invitamos a Wenceslao Bruciaga, escritor y periodista, punkarra de corazón y quien tiene un crush muy pesado con Henry Rollins para que nos hablara de Get In The Van, el libro de relatos de gira seminal de quien fuera el cantante de Black Flag y quien sin duda es de los pocos dudes que hacen pesas que nos cae bien en este blog.

Get in the van, on the road with Black Flag o como los millenials no están dispuestos a pasar hambre por fama

 Wenceslao Bruciaga

Hace relativamente poco un par o trío de jóvenes, no recuerdo bien, atorados entre el autoengaño millenial y el fashionismo hipster para mí ya pasadito de moda, se me acercaron para contarme una idea según ellos revolucionaria el paradigma del reventón: organizar fiestas sin alcohol: “Desde electrónica hasta punk pero eso si, mucho indie. O sea, no programaríamos cosas comerciales. Sólo indie. Imagínate a todos concentrados en la música y no haciendo ridículos por culpa del alcohol o las drogas, ¿a poco no estaría buenísimo? ¿Es algo por lo que siempre abogas no Wences? La música”.

Tenían razón. Y aunque a las ideas les faltaba planear mejor el aterrizaje para que sus conciencias no se estrellaran, o mejor dicho, diferíamos un poquito en lo que a géneros se refiere (no creo que  DIIV sea punk y que los remixes de Polica sean lo que a la música electrónica le faltaba para ganarse el respeto de la fiesta), no puedo negar que su entusiasmo era de esos que podrían describirse como contagiosos.

Pero como poseo el retorcido talento de encontrarle a todo un lado tullido, no puede evitar rebatirles: “Ustedes lo que quieren es hacer un reventón straigth edge, como los hardcoreros de DC de los 80”.

¿Qué?

A grandes rasgos les conté la historia de la ideología straigth edge: menores de edad que le daban al hardcore punk tan despiadado como para quebrarte el cuello con tan solo tren brinquitos; una respuesta ante la restricciones cívicas establecidas por los adultos cuya permisividad de autodestrucción sólo podía ejercerse después de los 21 años. Entonces decidieron hacer crear sus propias reglas: organizar toquines sin alcohol, agua gratis y todas las luces de 100 watios encendidas y mucho, mucho slam. Probablemente había más sangre que cigarrillos. La violencia adolescente era la única droga que circulaba. Se suele ubicar a los de Minor Threat como los creadores de estos espectáculos que sin proponérselo derivó en una de las ideologías más radicales: jóvenes que proponían una revolución de pensamiento sin alcohol, estimulantes, carnes de animales ni sexo con mujeres u hombres. Sólo canciones de menos de dos minutos y furia y sudor. Y lo cumplían religiosamente.

Pero un par de años antes Henry Rollins, amigo íntimo de Ian MacKaye líder de Minor Threat, ya practicaba un régimen de cafeína, galletas y pesas pero nada de drogas: “mientras todos se ponían hasta la madre de cervezas, mariguana y ansiolíticos, yo bebía cantidades industriales de café. Eso generaba una tensión de desfase en los conciertos de Black Flag” dice Rollins en Get in the van, un libro a estas alturas clásico que prácticamente es la publicación de los diarios que Rollins escribió durante algunas giras en las que hacía de cuarto vocalista de la banda oriunda de Hermosa BeachCalifornia Black Flag (antes de Rollins Keith Morris, Ron Reyes y Dez Cadena fungieron de cantantes) que abarcan los años entre 1981 y 1986 aproximadamente, quizás el momento que determinara la personalidad histórica del grupo que fundó el hardcore punk para siempre.

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Lo de Rollins no fue una postura calculada. Es que no alcanzaba para más y el incremento de la masa muscular era un caparazón para hacer frente a la violencia endémica en los conciertos de Black Flag, la fuerza necesaria para quebrar encías de skindheads fachas y otros maniáticos que se subían al escenario para retar al Henry a golpes:

“Andar de gira con Black Flag significaba tocar en locales sin calefacción, comunas de punks, hambre, miseria y dolor. Pero no me importaba. Lo importante era sacar toda la furia acumulada mediante buena música y divertirte mientras tanto” dice Henry Rollins en una parte de su libro Get in the van: “esperabas que una familia se levantara y cogías la tostada que el niño pequeño no se pudo acabar, y te la llevabas a tu bandeja antes que nadie se diera cuenta  porque, si alguien te veía, se encabronaba y te echaba a la calle. Esa no era la forma en que me habían educado. A  mi me habían criado con ropa interior blanca y limpia, tres comidas completas al día, una cama con colchas de Charlie Brown; la típica educación de clase media. De modo que todo aquello era nuevo. Íbamos a Oki Dogs , les tirábamos los perros a las chicas punks y les decíamos, ¡Somos pobres, danos de comer!”.

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Get in the van, además de un documento clave editado en un tamaño tan imponente como las espaldas de Rollins que sirve para entender como el rock independiente se abrió camino entre el tirano mainstream en tiempos que nada tiene que ver con las holguras indies de hoy, donde hasta el más vegetariano exige un catering tan extravagante como cualquier roadie de Poison, es un deleite no sólo por inmiscuirse en los recovecos más parranderos y melodramáticos de las muy distintas personalidades de Black Flag según la navaja psicológica de Rollins (a Greg Ginn, fundador cero de la banda, lo describe como un maniático de la perfección que los ponía entrenar como si los conciertos fueran campos de batalla- de algún modo lo eran- apoderado de un silencio impenetrable que a menudo lo intimidaba; del bajista Chuck Duloswki recuerda su carácter “supercarismático” y optimista al que no le paraba la boca ni un segundo, dado a hacer preguntas bizarras y al batería Roberto “Robo” Valverde lo ubica en el panorama inmigrante obsesionado con defenderse) que muestra la brutal lucidez de Rollins  derramada en las hojas en blanco, dejando muy claro que además de showman mamado, es tremendo escritor.

“Ginebra, 1984: Dez (cadena) se lo pasó en grande con uno de los punks de la comuna. Puso una cinta de ZZ Top en la radio de la comunidad. Todos empezaron a gritarle. Dez les dijo que era el nuevo disco de The Exploited. Los punks eran estúpidos: uno incluso se puso a llorar. Lo digo de verdad.”

Eran tiempos en los que las bandas se medían por su lealtad a si mismas y no por los niveles de audiencia o el impacto en las listas de popularidad. Black Flag era las más rigurosa en ese propósito, ensayos de más ochos de horas diarias, lecturas de Dostoievski y una militar autocrítica predominaba en la metafísica del cuarteto.

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Lo que pudiera ser un mero anecdotario se convierten en redondas elipsis en las que confesiones desgarradoras, como los abusos sexuales que Rollins sufrió de niño o sus coitos en la parte trasera de una camioneta con una chica mientras un compañero hacía lo mismo a unos cuantos milímetros (las descripciones de esas escenas pueden levantar sospechas de tensión homoeróticas en jotos como yo), la observación desterrada, la crítica y los aforismos como tiro al blanco conviven en una fluidez huraña pero demasiado sensible al mismo tiempo:

“Los Ángeles, 1986: Un chico se me acerca: Tu eres Henry ¿no? ¡Escúpeme cabrón!, sería un cumplido viniendo de ti. Así que le escupo en medio de la cara. Me da las gracias y se va. Me quedo allí mirándole unos momentos. Pero lo pienso bien y regreso ,me acerco a él, le agarro por el brazo y lo acerco a mí y le digo: escucha, la próxima vez que alguien te escupa a la cara, le rompes la mandíbula. Y el tipo dice: Pero es un cumplido viniendo de ti. Le digo: No es un cumplido de nadie, no te degrades nunca hasta ese punto. Dijo que no, no muy convencido y se fue. Me pregunto qué chingados tenía ese chaval en la cabeza.”

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En ningún momento de Get in the van Rollins sucumbe a la tentación de la hipocresía del rockstar: se reconoce como un traumado narcisista que marcaba una distancia con el resto de sus compañeros, le pedía dinero a sus padres para luego comprarse comida que no compartía con nadie y apenas se percató del poder de su carisma como líder de Black Flag, lo explotó de tal forma que opacaba conscientemente al resto de Black Flag, denigrándolos a mitad de los conciertos, acaparando las entrevistas y empezando una carrera en solitario que precisamente empezaría con una vertiente literaria que al día de hoy rebasa la docena de títulos.

Por alguna razón, los millenials que proponían su fiesta sin alcohol me dieron la impresión que su objetivo era más bien ganarse un lugar en el salón de la fama de la innovación empresarial más que la satisfacción personal y la diversión que pudiese ocasionar una fiesta sin alcohol. Honestamente, no los imaginé entrando a una tienda de fast food para cazar las sobras de los comensales, o ligarse a las grupies a cambio de una canasta de papas fritas como cuenta Rollins que sobrevivían durante las giras. O compartiendo un cuarto con siete cabrones a los que las axilas y los pies les apestaban como un regimiento militar después de 8 horas de entrenamiento con tal de defender una idea revolucionaria.

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