Es como Brokeback Mountain, pero jugando billar machín y tras las rejas. 

 

 

Quizás por eso, en esta novela de Carpenter escrita en 1966 pero publicada un par de décadas después por lo controversial de sus temas, deja a su paso un tufo de compunción por las malas decisiones o decisiones nunca tomadas. Como salir del clóset, que si bien no alcanza para eso que muchos se empeñan en llamar felicidad, al menos ayuda a no perder el tiempo en los abrazos y culos equivocados, que sólo invocan al infierno del encabronamiento y la desdicha…

Si, Jake Gilenhaal y Heath Ledger  están bien pinches sabrosos.  Más Jake.  Pero a ver: si la historia de esos vaqueros jotos perdidos en un bosque más perfecto y artificial  que comercial de cigarros se extrapolara al universo hetero de un hombre y una chica, sería la historia más sosa y cursi e involuntariamente cómica que una novela de Juan Osorio.

De algún modo,  Dura la lluvia que cae toma el mismo punto de partida que la película de los vaqueros que estremeció las chaquetas aseñoradas de no pocos jotos: la atracción entre dos ambiciosos perdedores y la búsqueda de lo que su jodida vida les da a entender lo que s la libertad, Jack Levitt, (huérfano criado en orfanatorios reformatorios) y Billy Lancing (afroamericano pero de piel no tan oscura y difusa que es discriminado por blancos y negros por igual); un deseo entre hombres tan fuerte que describirlo, ponerle cualquier nombre, sería beatón y embustero, ¿sexo, amistad, amor, un posible escape a la asfixia de la cárcel? Es en la prisión, entre acorralamiento (bullyng le dicen hoy),  corrupción y picahielos en el estómago dónde surge las primeras caricias masculinas:

“—Tú y yo, sin ir más lejos —dijo—. Estamos conectados. Eso está bien. Y cuando la conexión se rompe, pues se acabó, es una pena, pero se ha terminado y haría falta ser idiota para intentar que algo funcione cuando se ha acabado. ¿Me sigues? Lo tenemos, no tienes ni que admitirlo, y cuando pensamos en el otro, nos sentimos bien y en eso consiste todo. Pero cuando se va a la mierda, se va a la mierda y no hay más que hablar. Nada sucede dos veces. Ahora Jack lo entendía a la perfección, y se mantenía callado en su camastro, con los brazos a los lados. No parecía estar mirando nada en concreto, aunque tuviese los ojos abiertos. Se sentía incapaz de moverse o de hablar, pero quería que Billy hablase, quería que Billy lo soltara todo, y así sería. En voz muy baja, Billy continuó: —No se trata del sexo. Eso no es la conexión. La conexión somos tú y yo. Tú vives y yo vivo, y nos queremos. ¿Eres consciente de ello? El sexo es… Pues bueno, alegría. Tengo que reconocerlo. ¿Cuántas veces rompimos porque nos daba miedo reconocer que era una alegría? ¿Cuántas veces hicimos como que sólo nos la meneábamos? ¿Cuántas veces nos comportamos como si no se tratara de amor? Ahora tú sabes que es amor y yo sé que es amor, y te estoy diciendo que te amo. Y quiero que tú me lo digas a mí. Dímelo. Con palabras. Billy se quedó a la espera. Jack era incapaz de hablar. No quería hacerlo. Estaba avergonzado. Había temido que esto acabaría pasando algún día, que la relación se haría romántica. Era espantoso, y como quería a Billy, deseaba decírselo…”

Lo que pasa después de estas palabras, rompe el corazón por lo enternecedor e inesperado, y hará ver a los vaqueros de la montaña como las niñas bobas de cualquier cinta de adolescentes con Lindsay Lohan al frente.

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En una época dónde la homosexualidad era considerada una enfermedad, rodeados de fajos de billetes que van y vienen al calor de las apuestas, peleas, puños y sudor de machos, un Portland mugriento que nada tiene que ver con el hipsterlandia que se ha convertido hoy día y un San Francisco de glamur percudido previo a la hipocresía hippie  y muchas, muchas mesas de billar.

“Al final, todo envejece si te tiras demasiado tiempo pensándolo. Todo menos la bebida…”

Don Carpenter

De hecho, el billar bien podría ser el tercer protagonista de esta historia, pinche gozo didáctico la forma en que Carpenter describe el carácter ensimismado y asesino del  billar,  los tipos de juegos, billar americano, el snooker, el keno, la  textura de los tapizados, tersos y suaves como la cocaína, los fálicos tacos, las bolas con números, la vida haciendo carambolas

“…el billar es muy adictivo. Y tampoco es tan sencillo. Tú nunca jugaste muy bien, ¿verdad? Pero algo debiste pillar del asunto. Todo está conectado. Ya sabes, te toca tirar. Entonces es cuando empieza todo. Te acercas a la mesa, calculas la jugada, le echas un vistazo a la situación general y ya sientes que las bolas, por el mero hecho de estar sobre el tapete, están conectadas, de la misma manera que tú estás conectado a ellas, y el taco es parte de tu brazo, y le pones tiza y experimentas esa conexión, y te sientes bien, tío, pero bien de verdad, porque estás fabricando todo ese buen rollo, sabes que puedes hacer cualquier tirada de este mundo porque la tirada está allí, no es algo que veas tú, sino que está allí, algo que te sienta bien, como el tío que entra en un bar y al principio se siente desplazado, pero entonces ve las filas y más filas de botellas y las siente y ellas le sienten a él, y el tío se sienta en la barra, y todo está conectado con el mundo entero, y pide una copa, y se arroja ese trago de licor garganta abajo y es como si se le fuera directamente a la cabeza. A mí me pasa lo mismo ante una mesa de billar. Puedo sentirlo. Porque está allí. Veo la tirada, me inclino y algo sucede entre la bola de lanzamiento y la bola del objetivo y la tronera y yo, y siento que todo crece, y disparo y ya está. Llevabas toda la vida esperándolo. La conexión se ha establecido. La cosa se ha completado. Y ahora está en tu interior. »Pero si fallas el lanzamiento o la bola rebota en la tronera o te equivocas o lo que sea, se rompe la conexión y una parte de ti muere. También he pasado por eso. Y sé que es cierto. Si algo se jode y desaparece, no lo recuperas ni con un centenar de bolas. Cuando pierdes, pierdes para siempre, y cuando ganas, sólo dura un segundo o dos. Así es la vida. No estoy mintiendo. No te estoy vacilando” dice Billy Lancing, el mejor puto (literal) jugador de billar de la historia.

En muchos sentidos se trata de una novela de espíritu punk, aunque suceda como 15 o 20 años antes de la irrupción del movimiento del No Future.  Violenta y desesperada y para los jotos como yo, con sus buenos momentos de intensidad homoerótica que humedecen los ojos. Para llorar bien sabroso.

Ser puto no es fácil, pero me caga que nos quieran convencer de que el subterfugio de la homosexualidad se encuentra en el lugar común del melodrama, ese que mezcla la autocompasión más lacrimógena con la ambición de cualquier cenicienta de rancho, aderezado con cuerpos esculpidos, pero cobardes. Por suerte, libros como Dura la lluvia que cae nos demuestra que hay vida gay mas allá de las carriolas de Ricky Martin.