La Reina Heroína es una zorra bastante celosa y no le gusta que otras drogas, sobretodo la Princesa alcohol intenten usurparle sus presas”: Mark Renton.

Cuando Welsh tecleó la primera oración de lo que sería una de las obras más reveladoras, reflexivas, revoltosas y radicales de los noventa y probablemente de la literatura contemporánea, rebasando por mucho la etiqueta de la voz de la generación X, quizás nunca pensó que la historia de cuatro escoceses adictos a la heroína pudiera extenderse a tal grado que pudiesen viajar en el tiempo, del presente al futuro y luego a un insólito pasado y sin querer, completar lo que ya se conoce como la Trilogía de la heroína,  que según Welsh, surgió accidentalmente porque los personajes que había construido daban para un después y una precuela, que es justo de donde partimos, dándole un orden cronológico a esta trilogía de libros con destino a la premiere de Trainspotting 2 que corresponde a la versión cinematográfica de Porno, publicada casi 10 años después de Trainspotting.

Juventud. Una de las etapas más importante de la vida.

Skagboys fue escrita en 2014 pero la historia se ubica a principios de la década de los 80, Mark Renton, Simon David Williamson –Sick Boy–Spud, Frank Begbie y Tommy son apenas unos adolescentes con las hormonas en ebullición descubriendo una Escocia que sobrevive al asfixiante desempleo consecuencia de las políticas Tachterianas y de aquella mítica huelga de los mineros y las primeras y siniestras y mortales huellas de una desconocida enfermedad que a principio de los ochenta, sólo parece carcomer las entrañas de homosexuales y usuarios de drogas inyectadas.

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En los 80 en Inglaterra, pocos fueron los jóvenes que pudieron crecer según los lugares comunes bien intencionados de los libros de texto de la secundaria.; y los jóvenes escoceses si que lo pasaron duro; los personajes de Welsh: el doble de duro. No hay mucho que hacer más que descargar el ímpetu juvenil en antros y broncas futboleras, y con las primeras experiencias sexuales también se sirven en bandeja una variedad de drogas que están con todo en Escocia: Mark tiene que trabajar en la construcción para más o menos divertirse según los estándares de los medios mientras hace frente a su infierno privado que no escogió: un hermano discapacitado en un constante desahucio y que desgasta a él y a toda la familia en la cada miembro escoge su propio sistema de evasión;  y Sick Boy aprende las peculiaridades del  sexo opuesto mediante la enfermiza sobreprotección de su familia en donde abundan las hermanas y tías y primas y una abnegada madre que ven en él a un futuro macho guía de una tribu de descendencia italiana.

 

La obstinación malsana es cosustancial al carácter escocés. Desde que dije no a los batos esos de Manchester estoy obsesionado con la heroína. A veces quisiera haber dicho que si; puede que aún así me inclinara más a pesar de ella. Además, se supone que es un buen analgésico y me sigue doliendo la espalda, sobretodo por la noche… En nuestro círculo es un secreto a voces que Matty, que nos consigue la mayor parte del speed que consumimos, lleva siglos felizmente  enganchado a la heroína… Se lo cuento a Sick Boy en el piso de Monty Street y se apunta: Me parece una idea excelente maldita sea. Hace siglos que me apetece probar esa mierda dice Sickboy. Se pone a cantar con una voz suave el tema fundamental de Velvet Undergound, el que dice lo de clavarse la aguja en la vena… Pero sólo un poquitín, para probar, porque acuérdate de esta noche hemos quedado con Franco en el centro” habla Mark Renton. Frank, que en sus diecitantos  lleva el cabello a lo casquete corto y ya pinta como un desquiciado adicto a la violencia.

Todo empieza por probar un poco. Hasta que las cosas se salen de control.

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crédito: Dakanavar

Skagboys es un retrato nostálgico sobre esa Inglaterra que hizo más vulnerables a las clases proletarias y el papel de las drogas en un sistema social cuyo futuro está reservado a unos cuantos. Un crudo ejemplo de cómo la adicción no es un patología aislada y como esos conceptos que les encanta enarbolar a los bien portados, como la familia, los estudios, el trabajo y el futuro, en muchas ocasiones,  en vez de motivar sólo tienen el efecto contrario, y terminan funcionando como desestabilizadores de unas cuantas personas a las que por alguna extraña razón, encajar no se ha convertido en una prioridad.

Eso me hace pensar en mi madre, allí en casa, sin tetas, porque el bisturí del cirujano le ha amputado los dos pechos. Adrógina  y esquelética; juro por Dios que se parece a Bowie en la portada de David Live. Tendría que ir más a verla, pero casi no me atrevo ni a mirarla. Ahora se que, para no pensar en ella, me metería cualquier cosa: una polla, drogas, poesía, poemas, películas o simplemente trabajo” piensa Alison que después aparecería en Trainspotting inyectándose heroína a mitad de la tarde mientra su bebé gatea en el cuarto de al lado.

En realidad Welsh, con una pluma más detallista que Trainspotting, también más intimista y aguzada como la aguja de las jeringuillas con las que sus personajes se van volviendo adictos empezando por unos cuantos toquecitos de émbolo y motivados por todo tipos de razones, desde las fútiles hasta las más dolorosas para las que drogarse significan la única posibilidad de sentir eso que la familia y la televisión te dicen es la felicidad, propone a la heroína como explosivo pretexto para desmenuzar sin indulgencias al pantanoso espectro de los valores sociales que a veces, terminan por convertirse en yunques que no todos están dispuestos a cargar y que tanto las inequidades sociales afectan nuestra compresión del mundo y de nosotros mismos. Y que, por más que te rebeles, no estarás a salvo de su esquema de causas y consecuencias. No hay escapatoria.

Hacia las últimas páginas del libro, Welsh hace de su narrativa una droga más de cual es difícil desengancharse, propone un ejercicio cruel de vouyerismo por el cual somos testigos de como los cuatro antihéroes más sus novias y amantes y compadres van cayendo en el abismo de la heroína de la cual no pueden escapar porque quizás al final, las crudas del harponazo es más llevadera que la cruda realidad que les rodea y de la cual no tienen control.

Los últimos capítulos son una vorágine de desesperación, ansiedad y eriza, sobretodo porque sabes que lo que está por venir, es Trainspotting con esas escenas que definieron la reflexión en los últimos años del siglo XX…