Desde luego, las fotos de cabrones ensayando cara de malotes al lado de su rayón ayudó a construirnos esta imagen.En un principio, parecía un trabajo de muralismo acaparado por el vandalismo masculino, en buena parte debido a la personalidad ilegal que gira en torno a la creación del graffiti, coqueteando con la adrenalina de romper ciertas reglas de civilidad que en principio y en teoría,  requieren de una habilidad hostil para escapar de la ley, aunque es cierto que los gobiernos de las ciudades son cada vez más tolerantes al graffiti, cediendo espacios y permisos para que esta expresión prolifere.

Pero bueno, los mentados estereotipos nos llevaban a pensar que el arte de rayar paredes era una cuestión de hombres.

“Derivado de la palabra italiana “sgraffio” (que podría traducirse como scratch, rasgar, arañar) la historia de el graffiti es relativamente reciente. Pero eso no ha impedido que su discurso, estilo, y sobretodo proceso creativo, casi siempre al borde de lo ilegal, se haya apoderado prácticamente de la mitad de las cuadras del planeta entero, desencadenando un sincretismo entre las raíces urbanas y distintivas del graffiti y las identidades culturales de los países que albergan esa mitad de cuadras graffiteadas” escribe el fotógrafo alemán Nicholas Ganz en la introducción de Graffiti Women: Street art from five continents, que es la continuación feminista de Graffiti World, el libro de arte de la Abrams Books que fue un trancazo de ventas por el arduo trabajo de investigación sobre los graffitis y sus creadores que inundan las calles de todo el planeta. El éxito fue tal, que cuenta con varias traducciones cuyo diseño cambia de acurdo al país en el que se tradujo. Por ahí ronda una edición en español.

Ganz se ha convertido en un especialista para capturar la vitalidad del grafitti y el arte callejero en general.

“Pero empecé a darme cuenta algo: las firmas de los graffiteros suelen ser tan artísticas y abstractas, que estaban relacionadas al pensamiento artísticos y no con la identidad de género, es decir, que con sólo ver firmas como EGR o Faith 47, no podía saber si se trataban de un hombre o una mujer” continúa Ganz en su prólogo.

Tales palabras nos llevan a una posible hipótesis: sin proponérselo (es decir, sin ser una acto deliberado), la identidad de anonimato vandálico del graffiti contribuyó de algún modo, al derrumbamiento de los clichés del género, tan venerado por las huestes queers obsesionados con la jotería y los tacones como única herramienta para deconstruir los sistemas binarios que según ellos determinan a los hombres y las mujeres, sin ver mas allá de sus panfletos académicos.

Por ejemplo, Faith 47 resultó ser una de las morras con más presencia graffitera de las calles de Sudáfrica y dado el trazo violento de sus tipografías, uno hubiera pensado que se trataba de un rapero gansta. Aunque también es cierto que Faith posee un lado de orgullo femenino y se nota en su abordaje de la imagen femenina, de poesía delicada casi siempre en medio de la crueldad humana sin género. Su trabajo es frontal

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Por su parte, EGR es una chica de Toronto cuyos graffitis están basados bajo el principio de la ilegalidad, ella misma ha declarado que una de las primeras cosas que piensa cuando planea rayar un muro es hacerlo sin permisos ni consentimientos ni toda esa tolerancia que según ella, ha permitido otorgarle más precisión al graffiti, cuyo trabajo final es casi perfecto, como pieza de museo, pero sin esa premura urbana y tensión de ser arrestado que le otorgaba el graffiti un carácter descuidado e iconoclasta y consolidaba el discurso de los trazos.  Por eso, dice,  siempre trabaja de noche.

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Nancy Mcdonald, crítica de arte contemporáneo y también especialista en graffiti, y quién colabora en la versión cien por ciento femenina de Graffiti Wolrd, explica: “Mientras el mundo del graffiti masculino vive en una constante tensión de imposición y competencia, las mujeres han hecho del graffiti un terreno comunitario en el que expresan inquietudes, solidaridad, protesta,  antimachismo y fantasías, como el caso de Miss Van”.

En efecto, la francesísima Miss Van, es una de las graffiteras de más renombre a nivel mundial y cuyo trabajo gira en torno a sus fantasías oníricas frontalmente femeninas que no se preocupan por el escarnio y mucho menos se bosqueja conflictos innecesarios con el mundo de los hombres, su objetivo no es abrirse paso demostrando que puede ser como ellos, sino que junto al trabajo de los machines, se planta con su propia temática, sensual y burlesque.

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Lo interesante de este trabajo de Ganz es ver el contraste entre los motivos que giran alrededor de los graffiteros hombres y mujeres.

Por ejemplo Nina, que hoy día es una de las graffiteras más importantes de Brasil al mismo tiempo que se ha convertido en escritora cuyas historias son una extensión a las chicas que plasma en los muros de Sao Paulo.

Graffiti Women, entra en la etiqueta de libro de arte pesado, literalmente, y es fácil de conseguir a un precio razonable tomando en cuenta lo cuidado de la impresión, y que es un agasajo visual que al mismo tiempo expone ideas femeninas, que sincronizan a la perfección en estos tiempos en los que estereotipos se debaten con urgente necesidad.