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#VansBookClub Brat Pack America: A Love Letter to ’80s Teen Movies, Kevin Smokler

#VansBookClub Brat Pack America: A Love Letter to ’80s Teen Movies, Kevin Smokler

Wenceslao Bruciaga 11 enero, 2019

Aceptémoslo: nuestro fanatismo por el celuloide de nostalgia ochentera se concentra en un puñado de referencias adolescentes, pop, duras, precisas y la mayor de las veces, inservibles. Quizás los datos curiosos de películas como The Lost Boys puedan ayudar a entender cómo es que los vampiros adolescentes terminaron manejando BMWs en Beverly Hills en el nuevo milenio, pero de nada servirán en caso de una epidemia o ataque nuclear, que veladamente, eran una preocupación latente de la guerra fría pero de la que sólo hablaban los paranoicos de cepa. En esas películas ochenteras que tanto amamos hay una saludable dosis de evasión. De hecho, casi todo lo pop ochentero, fosforescente y esponjado tiene que ver la lógica del plástico desechable.

Entonces, ¿porqué nos siguen fascinando el cine los ochenta? Sobre todo aquel que narran aventuras de jóvenes ansiosos por romance y sexo.

Claro, tenemos ese soundtrack que no sólo sellaron escenas convirtiéndolas en postales de culto, sino que fungieron de cimientos sin los cuales el rock no hubiera evolucionado de distintas formas y remixes.

¿Y luego?

Pues bien, el periodista y fanático confeso de las películas para adolescentes ochenteras desde la médula hasta la punta del fleco más alto levantado con spray, Kevin Smokler, se dio a la tarea de hacer una exhaustiva investigación, geográfica, social, y cultural en su libro Brat Pack America: A Love Letter to ’80s Teen Movies (Rare Bird Books, 20016)  alrededor de las películas ochenteras protagonizadas por mozalbetes cubiertos de crinolinas, polos de colores pastel y estoperoles new wave.

Para ello, entrevistó a personajes involucrados con la filmografía ochentera James Hugfes, hijo del indispensable John Huges (probablemente el arquitecto más importante de las Coming of Age ochenteras con títulos monumentales como The Breakfast club o Pretty in Pink), Martha Cooldige (Valley girl de 1983), Amy Heckerling (directora de la icónica y actoralmente seminal Fast times at Ridgemont High de 1982, película que sentenciaría su carrera como directora de cirugía de generaciones adolescentes sabiendo como marcarlas para siempre pues en su currículo también están otros clásicos como Clueless de 1995 o Gossip Girl en el 2012) o el guionista de  Heathers de 1988 de Michael Lehmann, así como a buena parte del elenco, más guionistas y más con tal de averiguar que inspiraciones fueron dando forma a esa serie de películas  incapaces hoy de renunciar a la retromanía y descansar en paz en su indiscutible legado. Es como si los ochentas no terminaran de irse. Siguen vigentes.

Es entonces cuando la carta de amor de Smokler al pasado grabado en formato VHS va transitando del fanatismo geek y ñoño a una reflexión adulta y sociológica, sobre el rodaje de esos títulos en una década norteamericana gobernada por un actor retirado del viejo Hollywood, cuya encantadora galanura escondía las paranoias más radicales de una derecha republicana obsesionada con el supuesto progreso económico que era todo menos progresista,  pues la moral de Ronald Reagan, anticuada, quería imponerse justo cuando el sida, en pleno desconocimiento, cobraba miles de vidas, sin nunca perder la modulación de la pluma de Smokler, entretenida y fluida.

Smokler también hizo las maletas y recorrió las ciudades, tanto las ficticias o las reales que fungieron como ficticias, que sirvieron de escenarios para esas películas atrapadas en nuestra memoria para entender como cambiaron la vida de sus habitantes y la de los espectadores.

Un libro que satisface la ansiedad de trivia de los fanáticos de este género, así como el escepticismo de las generaciones aledañas, las de antes o los millenials, que pueden ver con ojos incrédulos como nos volcamos a hacer de esta filmografía una suerte de paraíso perdido al que por fortuna, podemos volver cada que sintamos el llamado de esos tiempos menos tecnificados pero quizás más sencillos como fueron los ochenta.

Le mejor es que es un libro relativamente fácil de conseguir por sus constantes reediciones.

 

 

 

 

 

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