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Un chingo de títeres diabólicos: Primus en México

Un chingo de títeres diabólicos: Primus en México

Wenceslao Bruciaga 28 enero, 2019

Sabes que viste un concierto bueno de memorable cuando han pasado ya casi cinco días de aquello y sobre los recuerdos fijados tu sinapsis va descubriendo detalles que siempre estuvieron ahí. Se necesita alterar la mente casi con la misma profundidad que el estrés postraumático para conseguir una cosa así y de eso sabe Primus, o Les Claypool, su  bajista fundador.

No era la primera vez que Primus tocaba en la Ciudad de México.

Y si habría que hacer una diferencia entre aquel toquín virginal del 2013 y la del pasado 19 de enero, el primero del 2019, sería la virtuosa forma en la que Les Claypool estropeó la yema de sus dedos casi hasta sangrar de perfección poseída por el espíritu psicópata de esos títeres de pesadilla cirquera, freak, demente y tierna que puebla el universo de Primus. Quizás en su primera audiencia con el público mexicano, los enormes y mal viajados muñecos astronautas con esas sonrisas perturbadoras propias de los juguetes de la posguerra que flanqueaban el escenario reforzaban la chocantemente adorable estética de Primus a la que estamos acostumbrados, cuando el sábado 19 de enero sólo hubo imágenes de hombres con máscaras anti gases y cerdos freaks con chapitas rojas que no recomendaría ver a gran escala si se va puesto de LSD, pero lo props fueron suplantados por el derroche de perfección alucinante de Les Claypool más la alineación original, otra y gran diferencia con el escenario de hace seis años, el enérgico Tim Herb en la batería y Larry LaLonde a la guitarra.

Repitiendo local, el Auditorio Blackberry, perfecto para cachar los tamborazos de Herb sin estelas de suciedad, cuando después de una introducción cirquera empezaron a tronar las primeras notas de To Defy the Laws of Tradition del Prizzle Fry,  su debut de 1990, recordé mi fascinación por esta banda de género dudoso cuando no precario. Cuando el David J me preguntó: ¿a qué suena Primus? me quedé pensando un rato en lo que hacíamos fila para colgar nuestras chamarras. Tienen la furia del metal en sus manos pero sin la maldad sobreactuada propensa a la charlatanería, hay algo elástico propio del funk pero no son tan frontales como para asumir el placer del baile y en algún número de la Spin del 93 decían que bien podrían ser los Frank Zappa de la generación x, sólo que a Zappa lo respetaban como se venera a los heroinómanos del jazz, y lo cierto es que, a veces, Primus son menospreciados por sus colegas indies y rockeros como cuando bullean al hijo del don que limpia las albercas. “Digamos que son los auténticos inadaptados del rock alternativo” contesté y bueno, cuando eres puto en un pueblo olvidado por Dios y la Patria como era Torreón a principios de los 90, cuando Monterrey se veía tan lejos como Alaska, cualquier cosa inadaptada te ayuda a nutrir la fuerza y el orgullo y todo lo necesario para sobrevivir en un mundo que asume eres buga hasta que demuestras lo contrario.

No me considero un fan, tan sólo que cuando escucho a Primus, una especie de coraje retorcido me invade la vena gay que de por si tengo atrofiada y ya no puedo parar, calma mis enojos sin perder los estribos.

El público en el Blackberry estaba eufórico, euforia que me recordaba por momento la devoción de los conciertos de ska, ese es el tipo de lealtad que mantiene México por Primus, pero la felicidad se descontroló cuando el country bizarro de Wynona´s Big Brown Beaver empezó a sonar con el video oficial atrás de los bigotes de Claypool y su sombrero a lo Tim Burton, aquel de las botargas slasher, sencillo del Tales from the Punchbowl, del 95, con ese humor disidente e incómodo, fue cuando salté endemoniado mientras el David J y yo aportamos nuestro cuota de disidencia e incomodidad besuqueándonos a mitad del tumulto, una morra dos o tres personas delante de mi se acercó para gritarme en el oído: “¿Gays en el concierto de Primus? Válgame, ahora sí es el fin del mundo”. Supongo fue un halago. Los fans de hueso de Primus no parecían estar habituados, pero tampoco hubo broncas. Me acordé que una vez, navegando en el Pornhub, me encontré que entre videos de chicas multi orgásmicas en las vegas, alguien había colgado el Frizzly Fry completo. La historia que tengo con el David J es cagada, después de todos nuestros malentendidos desfasados, ahí estábamos extirpándonos las amígdalas a mitad del Blackberry con Primus cimbrando los chamorros y provocándonos erecciones.

El momento más épico que me acuchilló el estómago fue cuando Claypool se puso la máscara de cochino que al parecer era la misma del Mr. Krinkle original, la joya del Pork Soda, de hecho, recreó el famoso video de una sola e inamovible toma con todo y chelo, volviéndonos locos, un monstruoso guiño de gratitud y lealtad a los fans  mexicanos.

Fue un concierto segmentado casi con la misma destreza de un show de circo, varios actos divididos por viejas caricaturas de Popeye que aprovechamos para ponernos más pedos y jalar poppers mientras todos se distraían por ahí. Fue un viaje ver a Poppeye inflarse de espinacas mientras mi cerebro y venas se inflaban de poppers.

El toquín nunca perdió en fuerza gracias a la destreza Herb para soltar golpes de batería con precisión, pero el setlist, que por supuesto incluyó los éxitos de orgasmo como Too many puppets y la indispensable My name is Mud, también soltaron rolas de ese Primus de después del 2000 o el Antipop del 99, el último gran álbum de Primus, como quiera verse, cuando los cambios en las alineaciones repercutieron en la fresca y visceral desvergüenza del grupo y Claypool fue devorado por el personaje de mal viaje infantil, como protagonista de cuentos para dormir, con hongos; sacó proyectos paralelos y con el nombre de Primus grabó un disco inspirado en Willie Wonka y su álbum del año pasado y razón de la gira con la que pisó la CDMX, inspirado en libro de narraciones infantiles, ya no cuentan con ese desequilibrio mental al ras del pavimento y los juguetes arrumbados y empolvados heredados de abuelos ojetes que alimentaron los mejores discos de Primus, enseñándonos que no hay que huir de los traumas y mejor usarlos para generar del rock más inclasificable de la historia.

Pero de qué fue un conciertazo, ni duda cabe. Potente y directo. Y entre la vorágine de besos barbones, recordé su indiscutible impacto en este desmadre de ser gay.

Gracias por eso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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