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Ladytron: si yo fuera un cyborg

El deslumbramiento de la primera ola democrática del internet, los dispositivos después del celular análogo, aquellos audiovisuales en las pantallas detrás de las consolas de los DJs, a veces vandalizando secuencias de animes como Akira o Robotech, eran émbolo de cables descargando cierto estímulo de estar a bordo de un jet rumbo a un futuro inmediato.

En la segunda mitad de los años duros del rave chilango, mi gran amigo, El Cullen y yo, fantaseábamos sobre como serían esas fiestas en el dos mil y tantos mientras la bebidas energetizantes explotaban en el corriente sanguíneo y en nuestras plantas de los pies la sangre dibujaba mapas de grietas por bailar desde la media noche hasta el medio día del domingo siguiente.

Pero el futuro es engañoso, sobretodo sí basa sus predicciones en el algoritmo de la tecnología. Bastó sólo un disco para que todo los pronósticos del rave y dancefloor acabaran en desastre natural, el Is This It de los Strokes desató un furor por el rock austero y todas las miradas se volvieron a las ropas de cuero y los botines mientras los raves se replegaron a los bosques de los alrededores de las grandes ciudades, concentrando sus energía en el trance machacón de bases anticuadamente hippies y el progressive se desvirtuaba hacia al el baile facilón, tan nociva para la salud como cualquier sopa instantánea, con la laptop en lugar del microondas.

Fue más o menos en esos primeros dosmiles de transición borrosa del rave al rock, que el club Berliniamsburg (famoso por su radical política en cabina de sólo pinchar synth-pop según cuenta Simon Reynolds en su libro Energy Flash) ubicado en el corazón de Brooklyn, empezó a programar los sencillos de un cuarteto de Liverpool que emulaba con movida frialdad, los beats análogos del electro ochentero de golpe new wave o synth, mezclados con indiferentes coros femeninos, beats de efecto del clavado movimiento click ´n´cut, con otros pocos toques aparentemente irreconciliables como el industrial hasta el shoegaze y una consciente importancia al outfit.

Se trataba de Ladytron, grupo inspirado en el arte y los efectos especiales glam de Roxy Music (uno de sus primeros sencillos fue la declaración de amor en ciencia ficción Ladytron), el sonido de los neones de la primera Tron de Disney, el electro goth de los ochenta y el dancefloor en el apocalípsis según el personaje de Maxine Manchester alias, Ladytron, creada por el genio de culto Alan Moore, chica de 19 años habitante de una distopía invadida por alienígenas que es derribada después de la masacre perpetuada por ella y sus impulsos psicópatas, para luego ser reconstruida mediante tortuosos experimentos médicos por alguna organización secreta ligada al estado, hasta dejarla como un cyborg de senos metálicos hambrienta de venganza gore. En sus aventuras es reclutada por la guerrilla de mercenarios y superhéroes WildCATS y escucha a Sonic Youth como alimento de su fracción humana aún latente.

Con todas esas influencias, Ladytron, la banda, se fue posicionando como el primer nombre dance que hacía ruido en las cenizas del post-rave y junto a otro nombres, fue parte del género a veces llamado electroclash, aunque a diferencia de sus contemporáneos, digamos Adult, Fisherspooner o Peaches, Ladytron mantuvo una especie de introversión mecánica, más cerca de la ideología maquiladora de sonidos de Kraftwerk fabricada con sintetizadores Korg, que del rímel y el revival drag y cocainómano que definió buena parte del primer electroclash, lo que ponía a su música en un desnivel más distópicamente real y quizás por eso en México tuvieron especial repercusión.

Bajo esa narrativa de choques temporales, como cuentos de ciencia ficción psicológicos, Ladytron sacó tres discos de perfecto y envolvente electropop que viajaba del pasado al futuro mediante pasos de baile pseudo robotizados, 604, Light & Magic y Witching Hour bien podrían catalogarse como la trilogía de la distopía en donde retorcidas fantansías ochenteras se mezclan con pesadillas sexys como las de Maxine Manchester.

Después perdieron el rumbo. Sus siguientes producciones sonaron a viajes repetidos y hasta forzados en generar empatía con algunas venas del indie dance, menos complejo que las propias ideas de Ladytron, quienes siempre conscientes de su personalidad tecnificada, optaron por abandonar el ritmo y hacer pequeñas reparaciones mientras se enfocaban en proyectos por solitario.

La inactividad duró poco más de 8 años. Y a principio de 2019, la maquinaria volvió a funcionar sin problemas para adaptarse a la actualidad (si algo tienen los Ladytron es su entendimiento de lo retorcido del tiempo), lanzando un disco homónimo costeado de forma independiente gracias a nuevas plataformas y retomando el camino hacia un apocalípsis del que parece no habrá escapatoria pero si un buen soundtrack para bailar hasta el final. Su sencillo The Island y su videoclip que es más bien un cortometraje, es prueba de su regreso al bucle temporal de sus raíces.

Como parte de su lanzamiento se han organizado una gira en la que pararán en la Ciudad de México el próximo 27 de febrero para dar fe de sus noticias en sus viajes del tiempo.