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#VansBookClub Spray paint the walls: the story of Black Flag de Stevie Chick #BlackFlagenMéxico

#VansBookClub Spray paint the walls: the story of Black Flag de Stevie Chick #BlackFlagenMéxico

Wenceslao Bruciaga 6 mayo, 2019

“Estamos hartos de que nos maltrates, ¡Tratar de detenernos no servirá de nada!” Rise Above

Black Flag, la mejor banda de hardcore, lo que el punk siempre debió ser, con todo y su declaración de principios que proponía inventar tu propio sistema si estabas harto del que te rodeaba y del que nunca te dieron a escoger, vendrán por primera vez a México con dos fechas en distintas ciudades, 27 de junio en Guadalajara para luego aterrizar en la Ciudad de México el 28 de junio de 2019

La noticia nos agarró con la adolasencia fermentada y el sentimiento fanático encontrado con las tripas. ¿Cómo carajos será ese concierto?

Todo parece indicar que lo que veremos será el Black Flag de Greg Ginn, que no es cualquier cosa, fundandor de la banda que a su vez fundaría la violenta dignidad del punk: el hardcore. Hijo de un profesor de literatura del Harbor College y habitante de Hermosa Beach, California, Ginn era un solitario freak retraído, absorto en la reconstrucción de viejos radiotransmisores de la Segunda Guerra Mundial, actividad que derivó en un pequeño negocio de reparación y venta por correo a radioaficionados al que bautizaría como Solid State Turner y que sin proponérselo evolucionaría al mítico sello del rock alternativo SST Records aún activos.

La alienación que visitará la frontera entre la CDMX y Naucalpan, donde se encuentra el foro del concierto, contraá con otra leyenda viviente, una de la tabla pro skate, Mike Vallely al micrófono, aquel que fuera el embajador oficial de las Powell Skateboards

La respuesta es tan complicada y enredada como los brazos chocando entre si al momento del moshpit. Cuando los fanáticos nos enteramos del primer toquín en México el debate se dio como cabezazos de machos, ¿valía la pena?

Quizás haya un poco de consuelo en la propia biografía de Black Flag.

¿Que pesa más? ¿Una alineación de egos atrapados en verdades subjetivas y egoístas o el discurso y la influencia de una banda que supera el tiempo y nuestras fetichismos nostálgicos? Según cuenta Stevie Chick (autor en revistas que han marcado tendencia en el periodismo musical como Mojo o The Guardian) Spray Paint the Walls es una inesperada aproximación a la radiografía de todos aquellos que desfilaron por la comuna anarquista de Black Flag.

“Cuando niño, pensaba que el rock era estúpido. Cuando Janis Joplin murió, ni sabía quién era. Yo estaba en la electrónica y escribiendo poesía” recuerda Ginn. Hasta que leyó un artículo de algo llamado punk en el Village Voice y su vida cambiaría para siempre.

Casi de inmediato a esa revelación, Ginn conoce a Keith Morris, desmadroso punk que a finales de los 70 sólo perdía el tiempo emborrachándose y metiéndose ácidos y surfeando porque en Hermosa Beach todo era tan estereotípicamente californiano, que hablar de punk era tan críptico e ininteligible como una fórmula física de los agujeros negros alrededor de Saturno.

Una vez establecidos los cimientos, Raymond Pettibond inventaría las cuatro franjas de Black Flag, emulando las banderas de los piratas y que daría vida al concepto visual del grupo inventando, así de sencillo, el hardcore bajo una simple premisa: tocar como si Black Sabbath tuvieran cuernos de chivo en lugar de guitarras.

“Entonces, de repente, estamos listos para tocar, y el chico saca la puerta del garaje, como si fuera una cortina de madera, y comenzamos a dar guitarrazos. Y lo primero que sucede es una pelea que estalla como a unos cuantos centímetros de distancia. De repente la gente empieza a preguntarse, ¿Qué es esta mierda? ¿Quiénes son estos chicos? Fue entonces cuando las botellas, las latas y las tazas vacías comenzaron a volar a través del aire, y el vaso se estrelló delante de mí, y se puso realmente salvaje. Había empezado la fiesta” recuerda Keith Morris.

La violencia fue el prejuicio que persiguió a Black Flag a lo largo de sus ochos años de trayectoria. Chick recuerda que la policía los odiaba con la misma saña con la que un Minutemen practica deporte cazando migrantes. De hecho, se cuenta que el desprecio por la moral anárquica de Black Flag era tan desquiciante para las buenas costumbes californianas, que el departamento de policía de Los Ángeles inventó un código numérico que una vez escupidas en los walkie-talkies sólo podía significar una cosa: Black Flag está a punto de dar un concierto, entonces las patrullas encendían la torreta y los fanáticos de Black Flag ponían posición de combate, dispuestos a partirse la madre con tal de defender su derecho a romper el aburrimiento y la marginalidad del California Dreaming a punta de moshpit. Fue este acoso lo que inspiró probablemente el himno de Black Flag, Rise Above “Estamos hartos de que nos maltrates, ¡Tratar de detenernos no servirá de nada!”.

Mientras, Pettibond desafiaba los peinados gringos con sus violentas caricaturas, destruyendo las postales del idílico sueño americano con sus escenas de policías mamando el cañón de una pistola o el padre de familia volándose los sesos frente a sus hijos. Pettibond fue el pintor oficial de la imagen de la primera generación del rock subterráneo norteamericano, hasta consagrarse cuando trazó la inmortal portada del Goo de Sonic Youth.

Después se unirían personajes como Chuck Dukowski (quién escribió la canción que da título a la biografía Spary Paint), Robo Valverde, un colombiano ilegal, DezCadena, Bill Stevenson (quien luego fuera batería de los Descendents), la sensual Kira Roesseler (con la que se rumora Henry tuvo un fugaz romance ) y luego, la potente, ruda y problemáticamente presencia y voz de Henry Garfield, verdadero nombre de Rollins, que de niño había sido maltratado por su padre que a como lo describe Chick, poseía los mismo rasgos intolerantes y gañanes del Trump que tuitea acaso compitiendo con el tweetstar más simplón y bufonesco; además, Henry fue abusado sexualmente a la misma edad, múltiples veces, las suficientes como para desarrollar una rabiosa conducta hiperactiva que le hizo acreedor a una inscripción a la Academia Bullis (el nombre es absolutamente real), sólo para varones, y dónde los castigos corporales eran tan comunes, como las sumas y restas en el pizarrón: “Pero debo admitir que aquello fue muy bueno para mi, realmente me benefició que alguien me dijera No significa no y tu te vas a quedar aquí sentado hasta que lo entiendas. Lo cierto es que Bullis desarrolló en mí una auto disciplina muy rigurosa… lo único malo es que no había chicas y eso fue muy duro… me molestaba ser tan socialmente inepto por culpa de haber estado separado de las chicas todos esos años. Además que… sólo soy un freak” dice Rollins en el libro de Chick. La disciplina aprendida en Bullis, más los traumas de la infancia, fueron factores determinantes para que Black Flag perfeccionara sus riffs y su velocidad caótica fuera perfecta, tanto, que también provocó pleitazos entre los integrantes de la banda quienes veían el férreo autoestima de Rollins como un imán que se robaba no sólo la atención del público, también se apoderaba de todas aquellas consignas que habían dotado a la banda de una brutal conherencia como si él las hubiera escrito con su propia sangre.

La hermandad en Black Flag siempre ha estado resquebrajada, como los rectángulos de la bandera rota y por eso añorar una alienación ideal es absurdo y nada tiene que ver con las enseñanzas de sus discos. Si algo nos enseñaron los clásicos Damage de 1981 y My war del 84, es a sobrevivir entre vidrios y sueños rotos.

Como sea, Spray paint the walls no sólo es la biografía (indispensable) de la banda que inventó el hardcore y que fue perseguido por la policía (tal y como ciertas autoridades pretenden perseguir hoy día a los inmigrantes en Estados Unidos, incluyendo mexicanos) por su inconformidad y rabia que tradujeron en riffs y gritos y madrazos que entusiasmaron a los surfistas aburridos de las promesas californianas, traidoras de los comerciales perfectos y las películas con finales felices y las palmeras y la fama televisada; Chick aprovecha la fábula de Black Flag para desenterrar los fuertes contrastes de California y ejercer una severa crítica social a sus espejismos hollywoodenses que conviven con la miseria y sobre explotación de los inmigrantes mediante una historia de precisión tan exacta como libro de texto. La parte en cómo revisa la fundación de California permite una reflexión para entender su contexto multicultural, sus gruesas venas mexicanas que circulan desde 1865 y su constante deseo de separarse de los Estados Unidos y fundarse como un país propio.

Chick también confronta la espontánea rebeldía del circuito de música independiente frenta al colmillo de la industria comercial y su fría maquinaria de dinero, payola, disqueras y promotores de conciertos ambiciosos que por aquellos días dominaban casi todo el espectro de la Frecuencia Modulada, queriendo controlar la creatividad como quien administra las ganancias y regalías: “El rock de masas consistía en vivir a lo grande; el indie, en vivir de forma realista y estar orgulloso de eso. Los grupos indie no necesitaban presupuestos promocionales de millones de dólares ni múltiples cambios de vestuarios. Lo único que necesitaban era creer en ellos mismos y que unos cuantos más creyeran en ellos” reflexiona Michaek Azerrad en el libro de Chick, que incluye adictivas entrevistas con todos los integrantes involucradis más citas de legendarios fanzines que fueron la hemeroteca oficial del hardcore. Auténticos vetados en la era Trump y un jugoso y valiosísimo acervo fotográfico

Un libro que más allá de ser la delicia de los melómanos, los punketos, los seguidores a los que Black Flag nos cambió la vida, de los que nos la jalamos pensando en las nalgas de Henry Rollins (porque sigue estando bien pinche bueno y su sabrosura aumenta conforme su cabello se pinta de canas), también son páginas para reflexionar sobre la resistencia a la autoridad que pretende imponer un orden según sus prejuicios y pisoteando las libertades, pensamiento acorde con la casa que lo edita, PM Press, specializada en títulos contestarlos e iconoclastas que cuestionan el sistema gringo desde sus tripas.

Un libro que inspira a crear nuestro sistema.

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