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Sampleando vandalismo, disturbios y resistencia: Atari Teenage Riot en la #SemanaIR 2019

Sampleando vandalismo, disturbios y resistencia: Atari Teenage Riot en la #SemanaIR 2019

Wenceslao Bruciaga 28 mayo, 2019

Cuando se anunció que Atari Teenage Riot serían los encargados de dar el banderazo a la semana Indie Rocks 2019, me dio por pensar que hace mucho que la radicalidad política fue inoculada del rock reciente en todas sus variables. Las convicciones ideológicas en las cuerdas de las guitarras se han reducido, en los últimos años, a los complacientes lugares comunes de la corrección funcional cuyo impacto ha sido el contrario al que supone la supuesta rebeldía endémica del rock, algo así como implementar un nuevo Manual de Carreño en el que las buenas formas consisten en apoyar generalizaciones de buena conciencia como el veganismo, la intolerencia a la ofensa o la simplicidad de los géneros fluidos no como un acto de movilidad política, sino por mero arribismo social, buenos modales para ser aceptados. Hasta bandas de hardcore macizo de conformación reciente como las feministas War on Women o los laureados Idles, gritan sus consignas contra el sistema patriarcal escrupulosos de no navajear susceptibilidades excepto las predecibles, como el machismo o el privilegio blanco.

“¡No voten! ¡Provoquen disturbios! ¡Quemen los coches de la policía! ¡Acepten a las mujeres! ¡Respeten a los terroristas! ¡Revienten los televisores! ¡Destruyan todas las prisiones! ¡Destruyan la moral cristiana! ¡Sexo! ¡Más graffiti! ¡Promocionen las drogas y a Foucault! ¡¡¡Sobrevivan!!! ¿Qué están esperando? Háganlo. Cambiemos el mundo”

así fue uno de los primeros manifestos con los que Atari Teenage Riot, encabezado por el hcaker mental de Alec Empire, se dio a conocer en su natal Alemania (a la que deseó la muerte) y el resto del mundo a mitad de los noventa, proclamados sobre un ritmo de violento caos electrónico ensamblado por bases de techno, bigbeat o drum and bass pero maniobrados como si fueran nitroglicerina de bombas caseras con un objetivo específico: destruir las células neonazis que cobraban perturbandora relevancia y al detonarlas, no dejaban respiro para el baile o el moshpit, la velocidad era parte del discurso y hasta darse de chingadazos parecía una frivolidad. El fondo musical, por así decirlo, era más una sanguinaria extensión semiótica. Su discurso estaba pensando para alterar cualquier tipo orden que respondiera al sistema. Y los nervios. En el libro Assimilate: A Critical History of Industrial Music (quizás el único registro bibliográfico hasta la fecha que registra la histoia de este género, fuera de los fanzines) Alexander Reed recuerda que durante las promociones de los primeros ep del entonces trío (luego editado en el primer álbum oficial de estudio Delete Yourself de 1995) hubo estudios científicos que aseguraban la música programada de ATR tenía la capacidad neurológica de perturbar el sistema nervioso desatando síntomas de ansiedad e intranquilidad, achaques quizás necesarios para incentivar el anarquismo.

Incluso uno de los géneros músicales cuya génesis se fundó en la destrucción de las conciencias establecidas, incluyendo las rebeldes, como el hiphop, ha sucumbido a la tentación del pensamiento correcto, alejándose de la inconformidad, la polémica o el peligro tan sólo para satisfacer la oferta y la demanda del consumo blanco, ahí están por ejemplo los asistentes al escenario principal de Coachella, viendo a Beyoncéen medio de espectaculares luces y efectos especiales, escuchando sus discursos de feminismo y orgullo negro en una suerte de conversatorio musicalizado cuyo acceso costó miles de dólares.

Cuando supimos de ATR gracias a Grand Royal, la distribuidora de los Beastie Boys, lo primero que nos llegaba era el mensaje de sus tracks por encima de cualquier noción de tolerancia chilletas o materia prima, como la programación electrónica, cuya velocidad de Alec Empire y sus secuaces que hacían de primera alienación, Hanin Elias envuelta en outfits de espía sado y Carl Crack , consistían más en ataques ideológicos que secuencias de canciones y mucho menos canciones para entretener. Más bien, eran como si los bits de mensajes encriptados sobre conspiraciones anticapitalistas cobraran un terrorista sentido rítmico y esto posiciona a Alec Empire en una suerte de pionero de las revueltas tecnológicas, mucho antes que las primaveras revolucionarias surgieran de las redes sociales, Empire ya utilzaba los algoritmos digitales como utisenlios para la diseminación de disidencia iconoclasta. Había adelantado la paranoia cyberpunk del nuevo milenio un par de lustros antes. Lo de Wikileaks bien podría ser los lados b que Alec Empire nunca editó.

Pareciera como si los Atari se propusieran dinamitar hasta los hábitos de consumir y disfrutar la música. Las reseñas de Delete Yourself en aquel 1995 automáticamente se dividieron en dos: quienes los bombardeaban de elogios por su furia combativa y otros que los acusaban de terroristas subliminales que echaban mano del ese entonces, incipiente internet, para lavar el cerebro a los jóvenes con mensajes revolucionarios de borde suicida, de algún modo, ATR se posicionaba como los Black Flag de la primera ola digital con su incitación a la violencia política. Catalogaron su música como digital hardcore y Alec Empire utilizó esa etiqueta para bautizar su disquera, con Digital Hardcore Recordings pudo tener el control de su creatividad y promover otros artistas que simpatizaran con su filosofía y a quienes veía más como un complot de guerrilleros cyberpunks de la tornamesas que simples djs.

Para cuando lanzaron The future of war al año siguiente, 1996, ATR ya eran un grupo de culto de difícil acceso por lo ruidoso de su propuesta, incómodo y temido, su potencia, ruda de aguantar, provocaba entusiasmos encontrados pero terminábamos aguantando sus discos como un gusto adquirido. A muchos, los Atari nos sembró la semilla de resistencia política con la que seguimos desconfiando hasta el día de hoy y que resulta indispensable en tiempos de manipulación moral y fake news.

Su coherencia no podría ser otra que la de la crudeza autodestructiva que legitima su discurso. Tras la publicación de su tercer álbum, 60 second wipeout del 99, Carl Crack, cuyas obsesiones contra el sistema devinieron en trastornos psiquiátricos, depresiones y adicción a los ansiolíticos, murió de una misteriosa sobredosis de pastillas tan sólo seis días antes de los ataques terroristas a las Torres Gemelas que daría una vuelta de tuerca a los sistemas de poder que rigen a occidente. Una cruel coincidencia lógica en las perspectiva Atari. Cualquier parecido con la realidad de la RAF y la legendaria organización revolucionaria Baader-Meinhof es una mera coincidencia alemana.

Quizás Alec Empire no pudo manejar la pedacería que dejó las consecuencias extremas de las convicciones de la Digital Hardcore Recordings (en cualquier caso, fue una banda que surgió de las deshechos de unas sociedad alienada) y tras la muerte de Crack, la Atari entró en un receso de luto que duró varios años.

El silencio reflexivo de Empire terminó en 2011 con el lanzamiento de Is this hyperreal de 2011 y la creatividad se estiraría hasta 2015 con un nuevo material inédito llamado Reset, discos que no tuvieron el ímpetu de violencia radical de sus primeros tres discos y que para bien o mal, estaban condicionados por la pasión adolescente tatuada en el nombre de la banda, pero se demostró que el ruido filosófico del Atari Teenage Riot es a prueba del tiempo. La ansiedad que genera la represión como estabilizador social nunca pasa de modo y su tinitus sigue zumbando en los oídos de los que fantaseamos con la rebeldía.

Y de pronto, se anuncia que Alec Empire y su conspiración sonora de Atari Teenage Riot se hacen presente como teloneros de la Semana Indie Rocks 2019 con una presentación digna de anarquismo laboral: echando desmadre de tiroteo de beats, consignas y estrobos el próximo lunes 4 de junio en el Foro Indie Rocks (Zacatecas 39, Roma) a partir de los 8pm. Para quienes no estén familiarizados con los toquines de ATR, que también podrían ser acciones de militancia anarquista, bien puede ser una oportunidad de autodesafiarse y disfrutar de la legitimidad extrema de lo que implica asumir posturas políticas en esa fantasía llamada rock independiente.

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