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#VansBookClub Nación Prozac de Elizabeth Wurtzel

#VansBookClub Nación Prozac de Elizabeth Wurtzel

Wenceslao Bruciaga 3 febrero, 2020

“Bien, esto es lo que pasa con la depresión: un ser humano puede sobrevivir casi a cualquier cosa, siempre y cuando el final esté a la vista. Pero la depresión es tan insidiosa, y se agrava a diario, que es imposible ver el final… tengo 20 años. Y estoy exhausta”

Es una de las frases que más recuerdo de Nación Prozac, el exitoso libro de Elizabeth Wurtzel, quien por un breve periodo fue considerada la versión femenina del Generación X de Douglas Coupland.

Leerlo era casi una obligación existencial en los noventa. No había internet, así que las reseñas que alababan, o menospreciaban, las memorias de Wurtzel, provenían de las secciones de libros de revistas como Rolling Stone, Spin, Paper Magazine o la extraordinaria RayGun, que devorábamos en los pasillos del segundo piso de la Tower Records de la Zona Rosa, cuando estaba en la calle de Niza y no alcanzaba para comprarlas. Por suerte, fanzines pioneros en la contracultura nacional como Moho o La Pusmoderna nos ampliaban el panorama sobre una novela que parecía describir las ansiedades de los veinteañeros huevones, primeros hijos del divorcio asimilado en hornos de microondas, apáticos y nerviosos frente al apocalipsis capitalista que se encontraba a la vuelta de la esquina del nuevo milenio. Entonces salió al mercado la Fluoxetina bajo el nombre comercial de Prozac, anunciado como el fármaco que parecía tranquilizar la incertidumbre futurista que nos acechaba, con el mismo romanticismo cyberpunk que el Soma de Aldus Huxley en su novela Un mundo feliz. Antecedente pop del Clonazepam que hoy se toman como Redoxones en el desayuno.

Más que un libro tradicional, Nación Prozac se enfrascaba en la tradición de la no-ficción auto referencial gringa. Las memorias de una morra de veintitantos años que aseveraba sus problemas con la depresión desde el dormitorio de una típica universidad norteamericana, rodeada de traumas clasemedieros, padres trastornados, excesos , resacas y canciones de Bruce Spingsteen. Por eso los elogios se dieron en la misma proporción que las pésimas reseñas, que tildaron a Wurtzel de una niña caprichosa e inmadura con un golpe de suerte como para publicar sus memorias a los 27 años. Newsweek dijo de ella que su talento como era escritora se basaba prácticamente en hacer de la depresión algo cool. Como sea, frente al entusiasmo del Generación X de Coupland, tales críticas podrían considerarse hoy como un impulso desagradable de misoginia editorial.

Literariamente, si que era un manuscrito accidentado. Pero ese no era el valor de Nación Prozac. Podrá ser caprichosamente deprimida, pero que había sido honesta, ni duda cabe. Y eso siempre se agradece. Descaradamente femenina, pocas veces visto hasta entonces, Wurtzel proponía cierta universalidad psicoanalítica atrapada en la jodida categoría generacional, con la que era fácil identificarse, rompiendo una y otra vez, barreras de géneros y sexualidad tan veneradas por las actuales generaciones, lo que en cierto sentido hace de Wurtzel una pionera de las confesiones sobre las que hoy descansan movimientos como el #MeToo.

El paso del tiempo pareció darle la razón a sus detractores con aquello del golpe del suerte, pues Wurtzel no volvió a tener éxito tan arrollador con sus libros posteriores, que pasaron despistados, sin pena ya no digamos gloria. A pesar de que se compraron los derechos para una película dirigida por Erik Skjoldbjærg y protagonizada por la supremacista indie Cristina Ricci (en el papel de Wurtzel) y Michelle Williams. La cinta fue bastante fiel al libro y en lo personal merece una segunda oportunidad pues es bastante disfrutable y sin trágicos clímax de catarsis existencialistas. Quizás el error fue rodarla con mucha posteridad, cuando Nación Prozac sonaba inesperadamente añejo apenas en 2003.

El 2020 arrancó con la muerte de Wurtzel a los 52 años, víctima de un cáncer de seno y la especulación inmobiliaria que azota a Manhattan desde hace unos diez años. Mientras batallaba con el seguro médico, tenía que enfrentar a un casero que pretendía aumentarle la renta por encima del 25%. Eso o desalojar cuanto antes. No muy distinto a la situación de Douglas Coupland por ejemplo, quien para sobrevivir se ha volcado al mundo de las galería de arte de Toronto. Duro pensar eso.

Queda una melancólica sensación tras la muerte de Elizabeth Wurtzel. Su noticia pasó prácticamente desapercibida entre tantos trending topics, a pesar de que las noticias parecieron ajustar cuentas con la justicia al devolverle su auténtico valor histórico. Si, Nación Prozac pudo haber sido un one-hit-wonder. Pero uno que registró, como pocos, el desencanto de la así llamada Generación X, que con la mente de Wurtzel, pareció decir, ahora si, adiós para siempre…

Por último. Un meticuloso playlist con las canciones que suenan tanto en la película como en el libro (más tracks millenials que de algún modo se apegan a la desesperación de Wurtzel) que aún puede encontrarse en librerías y castellano con relativa facilidad y poca paciencia…

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