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#VansBookClub El despachador de pollo frito, entrevista con Carlos Velázquez

A estas alturas de la nueva década, ya es un hecho que El despacahador de pollo frito del lagunero más revoltoso de la Comarca y probablemente todo el panorama de las letras norteñas, es de los títulos que más se repiten en las listas de los mejores libros del 2019. Editado por Sexto Piso, el nuevo libro de Velázquez compila una ebullición de cuentos que de algún modo le significan un regreso a sus inquietantes orígenes que le valieron la reputación que hoy lo engalana: rock salvajemente devoto, humor bonzo, incorrecto sin piedad, sexo y romance a las brasas, diversidad sexual enaltencida en la figura de la vaquerobvia: categoría que engloba a gays y travestis y transexuales orgullosos de su marginalidad norteña, pero escrito con una pluma elevadísima, consecuencia de teclear como un hábito religioso, en su encarnación pecadora y gozoza, como la canción más satánica de Black Sabbath,

A propósito de la experiencia y los temas que pueblan El despachador de pollo frito, hablamos con Velázquez sobre las inspiración de sus cuentos, guitarrazos y lo complicado de escribor humor extremo en estos tiempos de sensibilidades extremas:

¿Tienes una obsesión con los Melvins? 
Es una de mis bandas favoritas. Tuve la oportunidad de saludar a Buzz Osbourne en un soundcheck, es el tipo más amable del mundo. Me fanaticé más. Uno de mis propósitos de año nuevo es tener todo lo que salga de Melvins en vinyl. Pero tampoco fue a propósito ponerlo en la portada del Despachador de pollo frito. Fue obra de la divina procedencia. Y qué mejor para un libro rocker que una portada rock.

Hablando de eso, para ti, ¿que es más divertido en los conciertos, estar con el público o el backstage?
Hace poco leí la biografía de Steve Jones. Al final incluye una lista de las cosas que no son rock. Una es tener pases all access. Entiendo mucho el glamur que significa tener proximidad con las estrellas. Como fan he sentido la necesidad de experimentarlo. Pero en lo relativo al concierto, siempre he preferido estar entre la gente. Cuando entrevisté a Nacho Vegas me invitó a quedarme junto al escenario. Preferí mezclarme con la gente. No sólo porque es la mejor manera de medirle el pulso, como espectador, a lo que ocurre, también porque sin eso jamás había vivido varios de los mejores momentos de mi vida. Como por ejemplo el último show que dio NIN en México. Estaba en el Corona, atrapado en el mar de carne, hasta el culo de ácido. El mosh pit me llevaba de un lado a otro. Si hubiera estado en el bakcstage me habría perdido de esa experiencia. De esa inyección de adrenalina que me suponía estar rodeado por un ejercito de orcos bailando al ritmo que dictaba Trent Reznor. 

¿Te gusta Chabela Vargas?
No. Chabela es una muy mala intérprete. Que lucró con el sentimentalismo barato al que es muy dado el mexicano. La fama le llegó gracias a Almodóvar. Pero encajó ahí porque Almodóvar tiene una visión muy romántica del mundo. Pero no de la época romántica, si no del tiempo de sus abuelas. Por eso sus travestis son todos una calca de Sarita Montiel. No puede ver más allá del mundo de su infancia. Y Chabela explota mucho ese sentimentalismo fácil, pero lo disfraza de reaccionario. Ahora que anunciaron que Almodóvar va a llevar a la pantalla algunos cuentos de Lucia Berlin me ha parecido la peor de las noticias.

¿Tienes escritores de sci-fi consentidos?
Philip K. Dick y J. G. Ballard. El artista Daniel Guzmán me acaba de prestar los cuentos completos de Ballard. Es un mamotreto de más de 600 páginas. Estoy esperando a terminar unos pendientes para dejarme ir de hocico.

Mi propia madre es de la que a veces caen en leyenda urbana que gira en torno al Abbey Road, ¿porqué armaste un cuento al respecto?
Desde que comencé a escribir he seguido preceptos que no han dejado de acompañarme en ningún momento. Uno de ellos es el que me plantó Leonard Cohen con su libro Comparemos mitologías. Cuando leí el título y los poemas quedé marcado. Lo que entendí es que la mitología es una materia moldeable. Y por eso es que la mitología más plástica es la que está relacionada con el pop. Lo entendí desde casi el principio. Fue como una iluminación. En cuanto me cayó el veinte escribí La Biblia Vaquera. Y también comprendí que no sólo hay que comparar las mitologías sino mezclarlas. Por eso para mí la mitología posmoderna es un iPod con Los Cadetes de Linares sonando. Un mix de mitología clásica con mitología moderna. Un remix. Y en este sentido la supuesta muerte de Paul McCartney me exigía una historia. Y quizá pareciera un tanto disparatado el tema, pero traes la mitología a tu terreno y encuentras una forma mexicana de contar la historia. Es lo mismo que hace Robert Rodríguez en Del crepúsculo al amanecer. Parte de una historia de carretera para contar una leyenda de vampiros de ascendencia azteca.  

¿Beatles o Rolling Stones?
¿The Sopranos o The Wire? Me encantan los Beatles, pero prefiero a los Stones. Los dos cuentan con mitologías poderosas. La muerte de Brian Jones, la muerte de Lennon. Pero al final ha pesado más en lo sentimental la de los Beatles porque murió uno de sus líderes ideológicos. Sin embargo, en lo personal, que Jagger y Richards continúen vivos y encima del escenario es para mí tan significativo como que los Beatles ya no existan. En lo musical los Beatles son una escuela, son la universidad. En lo musical los Stones representan el acto de que al sonar la campana en lugar de dirigirte a clases agarres la calle. Los detractores de los Stones se regodean con el manido argumento de que se han dedicado a explotar el blues. Pero esto no es exclusivo de los Rolling. Lo ha hecho el rock desde sus orígenes hasta el día de hoy. Beatles incluidos. Que los Stones hayan podido sostener una carrera tan larga reinventando un género es una proeza tan grande como la invención de la vacuna contra la polio. Su último disco, Blue & Lonesome puso de manifiesto que los Stones son el vaso comunicante entre el siglo pasado y el presente, sólo ellos son capaces de conectar con ese sonido que parece salido de ultratumba, con el filin necesario para sonar como nadie. Desde los Yardbirds, pasando por Led Zep y Cream, hasta The Black Keys, ningún conjunto ha podido tocar el blues como los Stones.  

¿Lees algo específico antes de sentarte a escribir cuentos? ¿Cómo una especie de ritual? ¿O simplemente te sientas cuando te llega la inspiración?
Mi vida es un desmadre, pero para escribir cuentos soy muy metódico. por disciplina leo un cuento al día. ya sea inédito o una relectura. en ocasiones leo el mismo relato durante 30 días. depende de en qué punto me encuentre en relación a la escritura de cuentos, leo o releo tal o cual libro. es una manera de prepararme. lo hago antes, pero también durante el proceso de escritura. es para no perder de vista la estructura del relato. necesito hacerme un mapa mental de lo que voy a vaciar en la página. la mayoría de las ideas surgen mientras nado, pero al sentarme a escribir me llevo sorpresas que no estaban contempladas. pero esto sólo es gracias a que le dedico mucho tiempo a rumiar los relatos. cualquier cuentista auténtico sabe que no existe la inspiración. y tampoco la falta de rigor es el peor enemigo del cuentista. el cuentista es un ser demasiado duro consigo mismo. es la única manera de conseguirlo. aunque el relato sea breve de extensión, el cuentista tiene que aspirar a la grandeza. eso marca la diferencia entre un libro de cuentos que se va a seguir leyendo dentro de quince años a uno que en dos años ya nadie recordará.

Te están ubicando como el mejor cuentista actual de México, ¿cómo te sientes al respecto? 
No entré a la literatura para que me colgaran medallas o para conseguir puestos burocráticos. Vivimos en un tiempo en que la gente ya no hace su trabajo. Y sin embargo quieren ser reconocidos a toda costa. Obvio si escribes buenos cuentos vas a ser mencionado. La ambición es un arma de doble filo. Es un gran aliciente pero también puede destruirte. Hay que buscar un equilibrio. Nada fácil de conseguir, por cierto. Que te permita poner los pies en la tierra respecto a tu trabajo, pero no dar nada por sentado. Un cuentista debe tener hambre. Y debe ver el panorama como una competencia. Tienes que tener el deseo de ser mejor que el colega, escribir mejores cuentos que los cuentistas del momento. El más grande reconocimiento es poder terminar una historia. Sacarte de la cabeza aquello que te está robando toda tu atención, aquello que te chupa el alma y la vida. Yo me siento muy afortunado de que en este momento haya en la literatura mexicana cuentistas dotados como Antonio Ortuño. Leer La vaga ambición es para mí una inspiración. Una invitación a subir la apuesta. A querer superarlo. Eso es lo que necesitamos, es lo que han hecho nuestros antepasados para mantener viva la tradición. 

¿Qué lo que más te gusta del relato corto, ya sea el cuento o la crónica?
Mi terapeuta dice que cuando era niño viví muchas situaciones fuera de control y que por esa razón estoy obsesionado con tener el control. Lo cual me ha traído muchos problemas en la vida. Pero a la hora de escribir cuentos esa obsesión se ha vuelto un aliado. Para ser un buen cuentista se requiere tener un control absoluto de lo que ocurre en la página. Hay que mantener a los personajes, a la trama, al lenguaje, a los diálogos, a la semántica, en la misma dirección. No se puede salir el tren de la vía porque se descarrila. Eso me fascina del cuento. Tener el control sobre el destino de mis personajes. Podría parecer algo cuadrado, pero en realidad es todo lo contrario. Es dominar las leyes de la ficción. Es ahí donde radica el arte del cuentista. Un mal cuentista es alguien que quiere saltarse las reglas antes de dominarlas. El novelista tiene una libertad que el cuentista no. El cuentista tiene que pagar derecho de piso para poder quebrantar las leyes. El cuento es un duelo mental. Entre el autor y el lector. Y si al lector no le alimentas la mente no te va a respetar. 

Seguro estoy siendo bien pinche subjetivo, pero, mi cuento favorito fue el de La Cagona Star, creo que todos los gays estamos obligados a leerlo. ¿No te dio miedo escribirlo en estos tiempos en los que la gente, y sobretodo las así llamadas minorías, se ofenden por todo? En Torreón, donde se desarrolla la historia, hay muchos putos, así que allí no son minoría. En mi edificio, que tiene 18 departamentos, tres son ocupados por gays. Uno también es producto de su entorno. A unas calles está Los gallos, un bar para travestis. Yo no puedo tener prejuicios a la hora de escribir. No puedo por temor a ofender abstenerme de escribir las historias que la calle me pone a tiro de piedra. Muchos de mis amigos creen que yo tengo un gusto por los travestis. Muchos escritores  me han acusado de lo mismo. Eso es tener una mirada muy estrecha sobre lo que puede o no alimentar la literatura. Yo no veo a los travelos y digo voy a escribir una historia para escandalizar. Para mí son personajes que están pugnando por ser narrados. No tengo que meterme heroína para escribir sobre un heroinómano. La literatura funciona en dos niveles. El teórico y el vivencial. En la actualidad prospera mucho dentro de la literatura mexicana el autor de salón. Aquel que no sale a la calle. Que se nutre solo de libros. Hay también cabrones que en una cantina te cuentan historias buenísimas, pero no tienen el talento ni la dedicación para llevarla a la página. Los mejores autores son aquellos que sacan lo mejor de su biblioteca y lo conjuntan con su capacidad de observación o con lo que viven extramuros. El escritor, está en una peli de Woody Allen, es un mago negro. Un cabrón que extrae oro de las miserias ajenas. 

¿Como escribir cuentos manchados en estos tiempos de corrección política?
Corren tiempos peligrosos para la literatura. La corrección política vigila todo el tiempo la creación. Uno de los libros que estoy leyendo en este momento es Vernon Subutex 1 de Virginie Despentes. Es una novela profundamente machista. Sin embargo, ninguna feminista se pronuncia al respecto. El ejemplo que yo uso con frecuencia es Crimen y castigo. Yo leí la novela y no salí a matar a una viejita. La censura ya no existe. Porque es innecesaria. La autocensura hace todo el trabajo. Al momento de sentarme a escribir un cuento no pienso en las sensibilidades ajenas, sólo en las de mis personajes. Eduardo Lago decía que condenar el pasado es negar el presente. Lo que somos. También Margo Glanz dijo algo parecido en un tuit. No podemos abolir todo el pasado. Las peores atrocidades y lo que tiene a este país sumido en el desamparo máximo ocurre fuera de la página. Y es ahí donde creo que todos deberíamos centrar el debate. 

¿Escribirías el cuento de un joto skato adicto a los Vans?
Ya estoy trabajando mi siguiente libro de cuentos. Pero hasta el momento no hay ninguno de jotos. Pero sí he escrito de un empleado de KFC adicto a las donitas Bimbo, por qué no.


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