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#VansBookClub: 100 años de Charles Bukowski

No hay mozalbete maldito que no cargue a Charles Bukowski bajo el brazo. Uno de esos ejemplares traducidos al español ibérico gracias a la colección de Compactos de Anagrama, inconfundibles por las portadas en colores chillantes. Sus bravuconadas fermentadas en sudor, alcohol y tabaco, pegan bien en la adolescencia.

En algún momento, todos los que nos volcamos a la escritura como un terrible acto de vocación equívoca, aspiramos a emular la hedonista sordidez de Henry “Hank” Chinaski, el personaje de ficción que remataría como el alter ego mucho más desengañado que Bukowski. Salía más barato que imitar a cualquier estrella de rock. Habitar cuartos decorados de humedad con tragos tibios en el buró y una libreta en la mesa. Eventualmente, y de pronto, resulta complicado zafarse de ese lugar. Como si después de profesar una devoción por el inventor del Factotum alcoholizado, el lector se quedara atrapado en una especie de adulterada inmadurez. Persiguiendo derrotas como estilo de vida que pasado los 30 años son susceptibles de ser vistas como románticas payasadas. Dijo el escritor Rodrigo Fresán a El País: “Su obra vale en sí misma como la de Carver, pero es una lectura algo adolescente. Si sigues leyéndolo a los 50 es un poco triste”.

Cierto que no puedes estancarte metiendo la pata como los Red Hot Chilli Peppers cuando cantaban sobre pedas mientras echaban la cruda leyendo a Charles Bukowski. Pero eso de andar leyendo a David Foster Wallace a los 50 como nivel superado de maduez, además de triste, también es mamón y aburrido.

Al final, Bukowski fue tan controvertido y disruptor, que se lo pasó bien tentando a la fatalidad. Contrario al fantasma del escritor azotado.

Si se superan los prejuicios inevitables de ese convencionalismo llamado maudrez, cuando se retoma su literatura después de algunos años de distancia (porque Bukowski, como los vinos, tintos, es un escritor que se debe dejar reposar para evitar crudas constantes y dolores de cabeza aterciopelados) resulta evidente que en realidad, estamos ante un escritor que nació gloriosamente viejo.

Y ahí radica su eterna excelencia.

Sólo los viejos pueden sostener la virtud de ponerse hasta la madre de borrachos y teclear frases adustas y geniales. Aunque se tengan apenas 21 años. En Bukowski, ese estado de madurez precoz estuvo relacionado con sus inicios auténticamente marginales. Lavando platos o haciendo de cartero por más de diez años. Este oficio es el título de uno de sus mejores libros, dónde no se regodea en la autoficción de las borracheras que casi siempre terminan en puñetazos con desconocidos, o teniendo sexo como una máquina de poética eyaculación. Cartero es ante todo, una novela que en clave autobiográfica, retrata las sobrevivencias de los jodidos sin tiempo para romantizar la pobreza.

La tajante postura de Bukowski de no disculparse por venir de abajo con los lectores, ni mucho menos con los pedantes circuitos literarios, fue el jab que marcó distancia con los escritores de la Generación Beatnik aún compartiendo marcaje generacional. Jack Kerouac, William Burroughs y Allen Gingsberg son grandes narradores del otro lado del sueño americano, olvidado por la patria y hasta Dios mismo, pero en muchos sentidos, hacían de la precarización social un fetiche sofisticado de la que salían bien librados gracias a la recurrencia a las drogas alucinógenas. Las únicas drogas duras de Bukoswki fueron las apuestas y la promiscuidad con mujeres. Era un macho a primera vista insoportable: “Piensan que soy un misógino, pero no es verdad. Son puras habladurías. Solo escuchan «Bukowski es un cerdo macho chauvinista», pero no revisan la fuente. Seguro hago que las mujeres se vean mal a veces, pero hago lo mismo con los hombres. Incluso yo me veo mal” le dijo Bukowski a Sean Penn en una entrevista para la Interview de Warhol en 1987. No es que los beats no fueran machos. Pero sabían disimularlo con guiños homoeróticos perfeccionados con notas de jazz.

Charles no sólo era un viejo atado a la botella. Sentía la literatura como un peso pesado siente la necesidad de darle sentido a su solitaria rabia sobre el ring de box. El sueño del escritor que había nacido en Alemania y llegó al nuevo continente siendo un niño, no arraigaba en la fama intelectual. Vivía para tener apenas lo necesario con que ponerse hasta la madre y escribir frases hoscas hiperrealistas, como puños manchados de sangre seca hilados en una compulsión brusca y nihilista. Como lo es su obra. Los libros de Bukowski bien podría ser una continua tensión entre la autoficción y la lúdica crueldad sexual masculina. Es aquí el punto que suele confundir a la juventud, lo que sea que eso signifique. Si los excesos de Chisnaki se perciben adolescentes es gracias a su cualidad de atemporal, que se mantuvo estoica entre la autodestrucción y el humor inclemente a lo largo de su vida. Probablemente ahí fallen los mozalbetes malditos, en tomarse muy en serio la radicalidad de Bukowski. Siendo que él procuraba reírse de las altas circunstancias en que había derivado su carrera literaria. Los jóvenes que se saben jóvenes, suelen regodearse en la simplona trampa de emular las fanfarronerías de su ídolo, sin mancharse las manos en las poética convicción misántropa que sostenía las letras de Bukowski. Encima, aspiran al reconocimiento que el mismo escritor despreciaba con ingenio.

© Black Label Skateboards / tomada de bukowskiforum.com

Habrá quien diga que Bukowski envejeció de la peor forma posible. Hoy podrá ser un revisionado como un viejo rabo verde, mañoso y misógino. Pero sobretodo tóxico. Un macho tóxico, panzón, bruto para deconstruirse tal como lo exigen los tiempos modernos y posmodernos. Probablemente sería el enemigo geriátrico número uno de los Idles, por aquello de anteponer su inevitable masculinidad por encima de cualquier portavasos. Aunque también es cierto que a Bukowski le hubiera valido madres lo que pensaran un cuarteto de punks con más academia que calle. Después de todo, Jean Genet, otro macho tóxico, aunque afeminado y homosexual, describió al escritor angelino como el “mejor poeta de América”. Que lo diga un escritor tan impúdico como Genet, que llevó la deconstrucción de la masculinidad al límite de la cordura, no es cualquier cosa.

Es un escritor que seduce a los jóvenes porque el cinismo bien plantado no envejece. De ser un escritor condenado a mal influenciar a adolescentes, probablemente no estarían organizándose conferencias, lecturas y pedas, a propósito del centenario de su nacimiento, el próximo 16 de agosto. Eventos que se llevarán a cabo en línea porque seguimos azotados por la pandemia del Covid19.

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