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#VansBookClub American Hardcore: a tribal history, Steven Blush

#VansBookClub American Hardcore: a tribal history, Steven Blush

Wenceslao Bruciaga 21 agosto, 2020

Cada que sucede un periodo electoral gringo, con sus monstruosas campañas presidenciales, es inevitable no asociar que en la capital de los Estados Unidos de Norteamérica, no sólo se gestan políticas que terminan desatando carambolas en todo el planeta. Porque entre la majestuosa Casa Blanca y el emblemático Heally Hall de la Universidad de Georgetown, el Capitolio, la Explanada Nacional con los monumentos a Washington, Lincoln, Jefferson o Roosvelt, surgió un movimiento que llevaría los acordes y la ideología del punk a límites de agresividad sonora que harían patalear a los mismos Sex Pistols.

Cierto que las primeras nociones del punk-hardcore surgieron a finales de los 70 y arrancando los ochenta en la costa oeste estadounidense, de la mano de bandas precursoras del género como Black Flag de Los Ángeles o  Dead Kennedys de San Francisco. De hecho, fue un violento concierto de Black Flag en 1981 en el club The Bayou (que opera desde 1953 hasta el día de hoy) ubicado en el 2519 de la Avenida  Pennsylvania, bastante cerca del Río Potomac, el que inspiró el movimiento hoy conocido como DC Hardcore, que en los ochenta alcanzó su punto más furioso e incluso filosófico.    

No es Washington DC, pero si 1981

Lo curioso es que la rebeldía del DC Hardcore no surgió (al menos directamente) de la inconformidad social o la desigualdad de clases. Para ser justos con el materialismo histórico, el DC Hardcore nació en los suburbios más acomodados de Washington. Ian MacKaye, cerebro al frente de bandas seminales que moldearon el sonido DC Hardcore como los Teen Idles, Minor Threat y el mejor de todos, Fugazi, era hijo de un catedrático mientras que el padre de Jeff Nelson, compañero de clases de MacKaye, baterista en los Teen Idles y Minor Threat, era empleado del Departamento de Estado. Los cuestionamientos políticos serían una consencuencia de vidas acomodadas que debatían sobre posturas políticas con olor a chardonay.

Según cuenta Steven Blush en su libro American Hardcore: a tribal history, en el Washigton de los ochenta, los jóvenes menores de 21 años no podían entrar a bares, pero tampoco conciertos debido a la prohibición de venta de bebidas alcohólicas. Esa marcada división entre adultos y menores de edad fue el principal motor del surgimiento del DC Hardcore, que en sus inicios, se trató de un movimiento musical cien por ciento adolescente. Además que el punk parecía haber mutado de ser una agitación radical y honesta, a una moda delimitada territorialmente: “Después de 1980 parecía que si no eras de Nueva York o Londres, no podías ser punk, ¿qué tenía que ser punk con un lugar geográfico?” opina el cerebro que inyectó de cólera e incomprensión manceba a la primera escuela de punk, componiendo piezas con notas más veloces a las acostumbradas por los Ramones, los Sex Pistols o los Buzzcocks y de duración fugaz, apenas si llegaban al minuto y medio.

Dado el rumbo un tanto frívolo que había tomado el punk y su evolución hacia el post punk o la new wave, MacKaye y Nelson decidieron adoptar una moda que coqueteaba deliberadamente con la estética neonazi y sacaba de quicio tanto a republicanos como demócratas, al final, dependientes de su imagen pública: cabezas rapadas, cadenas, pantalones ajustados y botas industriales. Aunque sólo en lo visual, puesto que era evidente su auténtico apoyo a las minorías raciales, sobretodo de latinos que vivían en Washington.

American Hardcore hace un recuento de ese contraste entre la vida acomdada de los jóvenes hijos de políticos y secretarias de traje sastre, con auténticos cuestionamientos sobre las desigualdades y la inconformidad. Recopila con una soltura quizás muy adolescente para el lector habitual (por momentos se siente una pluma condescendiente y didáctica) entrevistas extraídas de fanzines y estaciones de radio, donde tanto MacKaye como Nelson, alardeaban de su vegetarianismo, su nula ingesta de alcohol y drogas y un acérrima castidad sexual. Lo que nunca imaginaron es que esas declaraciones impactarían en la mente de otros adolescentes que encontraron en esos hábitos extremadamente sanos una forma de rebeldía. Lamentablemente no existe aún una edición traducida al español, pero si le pegan al inglés, es muy fácil conseguirlo y a buen precio.

Entonces al DC Hardcore se le sumó el straigth edge, como se le conoció a esa ideología conformada por esa generación de adolescentes marginado de las fiestas más entretenidas y conciertos de moda de Washington que no consumía alcohol o drogas y no tenía una vida sexual activa, sin embargo, toda la rabia acumulada la descargaban bailando pogo o slam en los conciertos de hardcore, que sucedía en pizzerías, galerías de arte, patios de casas privadas o gimnasios, lugares a dónde los menores de edad tuvieran permitida la entrada.

Actualmente en Washington DC aún sobreviven de manera muy afortunada (aunque quizás ya inmersas en la vorágine comercial), clubes que abrieron sus puertas por primera vez a las bandas de jóvenes hardcoreros y su adolescente público, rompiendo las leyes, como el 9:30, ubicado en el 815 de la V Street a unas cuadras del famoso Lincoln Theater. Vale la pena checar su cartelera de conciertos que hoy día incluye bandas y djs de toda clase de géneros.

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