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#VansBookClub Blanco de Bret Easton Ellis

A mitad de Las Leyes de la Atracción, Sean Bateman, uno de los protagonistas, reflexiona más o menos así: “Odio a los millonarios que juegan a no tener dinero y ser pobres”. Este pequeño diálogo se siente como el átomo filosófico que orbita en las páginas de Blanco, el más reciente libro de uno de los próceres de la generación x, ya traducida al castellano y disponible en librerías mexicanas mediante la tutela de Random House Mondadori.

Brett Easton Ellis por Blumpi

Pasada la mitad de Blanco, la segunda gran novela de Ellis se evoca como un vaticinio. Desde luego no estoy seguro si es el diálogo exacto. Secuelas de cuando te gusta tanto un libro que te engañas a ti mismo presumiendo que lo sabes de memoria. Tirando de la subjetividad, me parece que Las Leyes de la Atracción, publicada en 1987, es su mejor novela. American Psycho trascendió por su descripción frívolamente gráfica de los sangrientos y grotescos asesinatos del protagonista producto de la insatisfacción yuppie. Su estatus de culto es incuestionable. Aunque empolvado por su no tan afortunado envejecimiento. Los lectores que le sucedieron después de los años de publicación y polémico revuelo, comprendieron American Psycho como una historia de terror. Dejando prácticamente fuera los temas de desesperación existencialista y generacional que planteaba el narrador Patrick Bateman. Aquel psicópata que provocaba el sistema de valores del sueño americano con sus violentas hipérboles sobre el éxito y la realización personal justo en medio de la aparatosa explosión económica de la era Reagan.

Caso contrario, Las leyes de la atracción ha superado la prueba del tiempo por su cínica lucidez desbordante. A excepción de la ausencia de la tecnología de la conectividad, las aventuras de los tres universitarios inscritos en una ficticia universidad progresista, supuestamente de las más fresas de la costa oeste, hoy puede leerse con una vigencia espeluznante.

Quizás que la adaptación cinematográfica haya resultado en un ejercicio auténticamente indie, mucho más efectivo que American Psycho, ayudó a mantener el nihilista legado en un estado de eterna juventud.

Las voces en primera persona de Las leyes de la atracción podrían ser perfectamente aplicables a cualquier generación después de lo sesenta. Desde los baby boomers hasta lo que sea que venga después de los millenials y centenials post pandemia. Y todos sus falsos de consumistas valores progresistas, sirven como oráculo del ambiente que asfixia a Bret y que dinamita en Blanco.

Tras casi diez años de ausencia, el regreso es de una gratificación decepcionante. Si la mayoría de los libros de Ellis logran sortear, por mucho, las jaulas generacionales, Blanco se atasca en un regañón manifiesto contra las posturas de pensamiento millenial. En concreto, se sienten como ladrillazos dirigidos a los escaparates de la corrección política. Desde el mismo título puede sentirse la inquietud coyuntural. El nombre completo que se lee en la portada en realidad es prueba de ello: Escritor, Crítico, Tuitero, Hater, Lover, Deslenguado, Transgresor, Hombre, BLANCO, Privilegiado

Problemático pues para los que crecimos leyendo los escenarios de involuntario glamour gringo, atravesados por la inercia de la desesperación y decadencia de Easton Ellis, es muy probable que nos arrinconemos en coincidir con sus posturas sobre el mundo actual casi de un modo automático. Producto de la influencia ingenua y maldita. Yo mismo peco de ese lastre. El papel de la literatura frente a la inmediatez de las redes sociales. El desgaste de palabras como normalización y privilegio. El activismo que se ejerce desde burbujas mimadas por la inanición. La sagaz crítica a los movimientos homosexuales que hoy se hunden en su propia conmiseración mercantilista merecen subrayarse en fosforecente. De llamar la atención que incluso las venas más queers de la homosexualidad actual se comporta con la misma frivolidad de Patrick Bateman, sólo que en lugar de matar gente, lincha a todo aquel que percibe como conservador. Pero la furia contenida es la misma. Sin embargo, conforme sus memorias son interceptadas por casi todas las influencias que encallaron en sus novelas, desde Menos que cero hasta Imperial Bedrooms, la pluma de Easton Ellis caen en una espiral de sagaz frustración por no poder controlar el presente, que todo el efecto de insolencia se desvanece hasta fondos alfombrados de una inesperada cursilería.

Las ideas en Blanco, a mitad de la autobiografía y el ensayo, se leen con la misma irregularidad de una arritmia creativa. Tras la muy disfrutable agilidad al endulzarnos los oídos a muchos de nosotros diciéndonos lo que queremos escuchar, juicios durísimos sobre la infantilización de los debates por parte de la presión millenial para purificar la conversación pública, el marketing o la historia del mal patriarcal, Ellis se sienta a tejer chambritas añorando el pasado como una abuelita suspirando eróticamente frente a una serie de películas a blanco y negro. En el trasfondo, Blanco termina por convertirse en la aseñorada justificación pedida por nadie, sobre el bloqueo que le impide crear su siguiente novela a pesar de tener sólidos puntos de partida. En un tono que puede sonar anticuado para el cruel minimalismo pasional al que nos tenía acostumbrados.

Pero los fanáticos de Bret podemos superar el cursi abatimiento con la honestidad de sus confesiones, por cuyas grietas podemos comprender que su problema para terminar una nueva novela radica en la voluntad de Easton Ellis por acomodarse en el mismo papel de los padres inexistentes que nunca habitan en la proximidad de los treintañeros de sus novelas. La tiranía de la corrección política que tanto patea obliga a que el subterráneo y la diversión de los millonarios sobreviva de modos interesantes. Y esa excursión se le escapa al buen Bret, quien por lo visto, prefiere encerrarse en su apartamento con gimnasio degustando cocteles de tequila y Xanax mientras la vida seguía afuera de su irónico privilegio. Un peligroso antecesor suyo, como Charles Bukowski, le hubiera sacado provecho sin importar la edad, aunque sólo fuera para beber abatido en un rincón.

Con todo, Blanco es una disfrutable lectura que nos recuerda que los excesos, el riesgo y la perversión, son vicios que debemos cuidar así como salvamos de nuestros estómagos de las grasas saturadas. El aburrimiento es un precio alto. Bret Easton Ellis lo sabe bien. Blanco, es esa advertencia.

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